¿Pues qué se cree esta “clase media egoísta, clasista, racista y ladina”?

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César Velázquez Robles _______

(Sinaloa).– De plano, el presidente López Obrador no es el líder que México necesita para construir una convivencia civilizada, plural, respetuosa de nuestra diversidad, y con capacidad para dar acomodo a la diversidad de visiones y proyectos que pueblan el país. Siento mucho decirlo, pero tengo que decirlo: su discurso es sectario, dogmático, intolerante, excluyente, polarizante. En otras, representa todo aquello que resta y divide, no que suma. No es el discurso de un estadista, vamos, ni siquiera el discurso de un político de medio pelo.  No es ni puede ser portador de un proyecto de futuro.  Su discurso contra la clase media, una auténtica catilinaria, es insultante, grosero. Quiérase que no, es un discurso de odio.

Qué pena: años, décadas esperando un cambio para romper con un modelo de dominación política excluyente y de corte semiautoritario, para aterrizar en un modelo sectario e intolerante. López es un hombre lleno de prejuicios. Y un hombre lleno de prejuicios, como dice Agnes Heller, no puede ofrecer un proyecto de nación que incluya a todos; no puede ser portador de un proyecto de futuro. ¿O acaso un discurso como el de ayer puede incluir a millones de mexicanos que, pese a la miseria rampante que se extiende por doquier, se sienten parte de esa clase media que el presidente califica como aspiracionista, ladina, oportunista, racista o clasista? Por supuesto que no. En su retorcida lógica, solo podría ser incluida en un “proyecto nacional” a condición de su reeducación en los preceptos “humanistas” que preconiza esa cosa llamada 4T. En tanto no ocurra ese cambio, debe seguir siendo fustigada con dureza, sin concesiones. Y a eso se sigue dedicando con toda la fe de la infancia, como gusta de decir el doctor Burgos. He aquí algunas de las perlas discursivas del presidente:

“Esa ambición enfermiza por lo material lleva a cometer horrores. Es la plena descomposición, la decadencia, pues eso es la herencia neoliberal. ¿Vamos a seguir así, poniendo por delante el dinero?, ¿la ambición?, ¿el lujo barato, el aspiracionismo? ¡No! Vamos pensando en formar una clase media con ingresos, pero con humanismo, con  sentimientos, con amor al prójimo, no una clase media egoísta, clasista, racista. A veces son peores que los que tienen más dinero, aunque vengan de abajo, se vuelven ladinos”.

Y soltó más de su pecho que no es bodega: “Tenemos que llevar a cabo una renovación moral y purificar la vida pública, fortalecer los valores culturales, morales, espirituales y enfrentar el egoísmo, el materialismo, el clasismo, el racismo, que está todavía ahí vigente”.

Es inevitable: el desprecio por la clase media pasará factura

Ese desprecio por la clase media, por la pequeña burguesía, pues, es el desprecio por una enorme franja social de mexicanos que forman un colchón de amortiguamiento de nuestras contradicciones y conflictos. Fue precisamente la aspiración y deseo de cambio de este sector de la sociedad mexicana el que respaldó con entusiasmo el proyecto de López Obrador, harto de la corrupción e impunidad del viejo régimen. Pero pronto se advirtió el desencanto: la demagogia, el discurso marchando por un lado y los hechos por otro, la creciente violencia, la inseguridad, la impunidad y la corrupción, que supuestamente se combatirían hasta su eliminación, siguen siendo los rasgos distintivos de nuestra vida pública. Y ese desencanto ya le pasó al régimen una primera factura: los resultados electorales en el corazón del obradorismo, la ciudad de México, son el reflejo de la frustración, de la rabia, del coraje justamente de esa clase media que hace tres años fue el alma de la impresionante movilización que llenó las urnas de voto por el cambio.

Eso no lo soporta López Obrador. Los dos meses transcurridos desde las elecciones intermedias no han atemperado el ánimo presidencial contra la clase media. Es un discurso reiterativo, sin imaginación, plagado de los lugares comunes que hemos escuchado en estas semanas, la prédica moralizante contenida en un discurso redencionista que primero fustiga, recrimina, lanza admoniciones y llama, exige a los descarriados volver a la senda del bien, olvidándose de afanes de riqueza, abandonando todo pensamiento clasista y racista. No hay ni habrá con ese discurso plagado de intolerancia, posibilidad alguna de que las ovejas descarriadas vuelvan al redil. Porque no hay ideas, no hay razones ni argumentos. El lenguaje obradorista no es ni puede ser el lenguaje que unifique, que convoque a la unidad, que permita a los mexicanos reconocernos en nuestra diversidad.

El despertar de la clase media, hoy tan vilipendiada desde el poder ya ha iniciado. Expresó su desencanto en las urnas. De seguir el gobierno esta deriva de intolerancia y sectarismo, ese desencanto puede trocarse en irritación, creciente malhumor social, como el que acompañó la última fase del gobierno precedente, y dar al traste con un proyecto megalómano que puede terminar en todo lo contrario de lo que anunció.

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