Lo vi en Cuba

cuba-
PUBLICIDAD

¿Tienes alguna duda o situación con tu mascota?

M.V.Z. Salvador Cisneros Guzmán

M.V.Z. July Barba Sánchez

Local 108

Tel.: 449 918-4387

Urgencias: 449 110-7792

Yo Campesino

La pobreza, prostitución, necesidad y restricciones de la Isla no las quiero para México

Miguel A. Rocha Valencia ______

Hace años fui a Cuba. Confieso que sólo estuve en dos ciudades: Cienfuegos y La Habana y en ellas, mi percepción además de pobreza, fue la de un cúmulo de restricciones que van desde no poder comprar o vender lo que se pueda donde se quiera, hasta la libre comunicación con el exterior.

Fue con motivo de la carrera de motolanchas que patrocinaba la telefónica de Carlos Slim. Nuestro hotel sede fue el Pasacaballo de Cienfuegos, a unos 250 kilómetros de La Habana.

Fuimos ocho reporteros, algunos de ellos llevaban valijas de viaje como para un mes. Luego me enteré que iban preparados con pantalones vaqueros, playeras y camisas usados para regalar a amistades cubanas.

Yo entregué tres de los cinco pantalones y playeras que llevaba, loción, desodorante y hasta las calcetas a un compañero periodista local que viajó todo el tiempo con nosotros, no sé si trabajaba para algún medio o simplemente reportaba nuestras actividades al gobierno.  Lo más apreciado son los “pullover”.

Desde el principio, se subió al autobús un personaje que dijo trabajar para el departamento de Agricultura, me tocó de compañero de asiento, por lo que tuve oportunidad de darme cuenta que de campo, no sabía absolutamente nada. No supo explicar por qué la producción azucarera cayó de ocho o tres millones de toneladas.

A mitad del camino de La Habana y Cienfuegos, hicimos escala porque al parecer no llegaba el permiso de traslado requerido. Fueron cerca de cuatro horas de espera en que pudimos constatar la escasez de productos en la cafetería donde paramos.

Instalados en Pasacacaballo que por cierto tiene un fuerte antipiratas de “aquellos tiempos”, acudíamos a las competencias al malecón donde tuvimos la oportunidad de confundirnos con la gente, acudir al mercado público a constatar lo que se puede adquirir con el peso cubano, que los isleños no pueden comprar donde lo hacen los turistas, incluyendo los puestos ambulantes o semifijos instalados exprofeso para la justa.

Invitamos a nuestros acompañantes cubanos a compartir refrescos y se negaron, tendríamos qué adquirirlos nosotros y luego dárselos y, aun así, con reservas.

Antes que se me olvide, lo que más atraía a los lugareños fue lo mismo que a nuestros colegas chinos: la agudeza de las críticas al gobierno, iniciativa privada, delincuencia y demás grupos de poder que se da en los medios “tradicionales”, electrónicos y las redes sociales de México. Estaban sorprendidos.

Esa cercanía nos permitió tomar la “guagua” que no era sino un colectivo Chévrolet de los cincuentas y visitar “amigos” en unidades habitacionales populares, así como acudir a un parque donde los isleños se reúnen por la tarde-noche. Se podían comprar para consumir ahí, cigarros, botellas de vino y con suerte, compañía por un rato. Corroboré la presencia de jóvenes mujeres, las llaman: “jineteras”.

En el restaurante de Pasacaballo, me atendió Don José, un mesero entrado en años, delgado y requemado por el sol quien insistió en presentarme a su hija, una profesora cuyo mestizaje era notorio y quien nos platicó muchas cosas, especialmente las carencias y deseo de tener otra vida. Con él visitamos las calles viejas de Cienfuegos. Todo añoso, hasta las chatarras de tractores soviéticos que de poco sirvieron a los cubanos.

Ya en La Habana. Nos llamó mucho la atención la mayor cantidad de nombres “raros” o de herencia soviética, así como la pobreza que se respira en las vecindades cercanas al capitolio, sede del poder y de un palacio de las artes semiderruido ubicado en una de las cabeceras del jardín Martí. Ni qué decir del abandono del famoso Tropicana y las historias de abusos que se ligan a su existencia.

Esas vecindades añejas, me recordaron las de mi natal colonia Guerrero, de largos patios paralelos y en cuyas viviendas nos hacinábamos familias enteras y creíamos que éramos privilegiados por habitar a un lado de la Alameda Central, el Panteón de San Fernando o tener la planta de luz en la esquina del callejón de San Juan de Dios.

En reunión con quienes se dijeron periodistas, nos dijeron que una de las posibilidades de salir de la isla, es que una institución gire una invitación en la cual se hace responsable del visitante. Destilaban conformismo y aprovecharon para pedirnos los “pullover” y cuanto quisiésemos regarles. Así lo hicimos.

La verdad respiramos y vimos, además de vestigios soviéticos, una sociedad resignada, casas viejas, sin reparar. Eso sí el paraíso del machuchón de Palacio Nacional, pues con quienes convivimos no tienen varios pares de zapatos ni diferentes mudas de ropa. No hay excedentes de comida ni vivienda y menos aún aspiraciones a una vida mejor, pero, sobre todo, un anhelo de libertad para expresarse sin miedo, de transitar, comerciar y tener. Aquí, disfrutamos de esos derechos que en otras latitudes serían privilegios y nos quejamos por “Pegasus”…

Otros tendrán una visión diferente tal vez porque se la pasaron en la zona turística, acudieron a la Bodeguita de en Medio o pasearon por Varadero. Es decir, turistearon, yo no.