Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu

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Jesús Eduardo Martín Jáuregui ______

En el autohomenaje que se organizó con un pobre saldo el presidente de la república el hecho más execrable y el que finalmente acaparó las notas de la prensa, más allá de los exabruptos presidenciales, la paupérrima lección de historia patria y la proclamación de la continuidad de su mandato, fue sin duda la quema de la efigie de la Presidente de la Suprema Corte de Justicia, que uno vándalos exaltados ultrachairos realizaron como un sacrificio al Tlatoani.

La condena ha sido unánime o casi, porque algunos de sus palabreros pretendieron justificar el reprobable hecho a partir de estimarlo como una práctica común por la cuaresma (la quema de los “judas”) o porque es una forma de rechazo a una conducta no alineada con la política de la 4T. No faltó también quien lo festinara por congraciarse con el déspota que ha marcado claramente su línea: el que no está conmigo está contra mí, sin embargo, el propio presidente se vio obligado a su manera a condenar el hecho y aunque no hizo un desagravio a la cabeza de un poder si reprobó de manera general el hecho, y terminó, por supuesto, con el consabido estribillo: a mí también me lo hicieron (quemaron una mojiganga del tlatoani en alguna manifestación) y nadie dijo nada. Para variar el presidente mintió, señalando que fue en la marcha por la democracia y en defensa del INE, cuando ocurrió lo que no es cierto y no cayó en cuenta, o se hizo disimulado, es que si nadie “dijo nada” es porque a nadie le interesó decirlo, finalmente “el que se lleva se aguanta”.

Nuevamente, en vez de beberla la derramó, porque terminó tildando al Poder Judicial como integrado por sus “adversarios”  y volvió a arremeter contra los jueces con los epítetos en retahíla que, a fuerza de usarlos, se han desgastado y perdido todo el efecto que una acusación presidencial pudiera tener. Hasta sus acérrimos partidarios saben que no van más allá de desahogos, exabruptos, caprichos o, lo que es peor, berrinches, propios de quien ha desgastado el poder en tal forma que, no va más allá de lo anecdótico: el berrinche vuestro de cada día. Lo que en algún momento pudiera haber sido una condena grave, ahora no tiene relevancia más allá del mal rato, la incomodidad y la molestia del gruñido que queda en eso, porque carece de la autoridad real y moral para que su pretendido ataque traiga consecuencias.

Maquiavelo y Montesquieu.

La piedra de toque fue la farsa de la pretendida consulta popular para determinar si se enjuiciaba a los ex-presidentes. Eludiendo su responsabilidad legal e histórica, López Obrador prefirió ampararse en el resultado anunciado de un sainete, mal concebido, mal hecho y mal contado, que no tuvo un mínimo de formalidad y por lo mismo un desaire generalizado, para justificarse con él y no proceder a cumplir con su obligación formal de cumplir con denunciar los delitos de los que tenga conocimiento. Adicionalmente incumplió una de sus promesas básicas de campaña, lo que no es novedad, porque ha sido incapaz de sostener ninguna de ellas, justificándose en la palabrería y en el sobado recurso de echar la culpa a los anteriores, pero sin llamarlos a cuentas.

Contemplando el ejercicio voluntarioso y desordenado del poder, desgastándose en pirotecnia verbal y en alardes frustrados como el de la manifestación del 18 de marzo que se quedó corta en relación con la “marea rosa” no obstante el despliegue de recursos económicos y logísticos, no pude menos que recordar el libro clásico de Maurice Joly, “Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montequieu”, plagiado no por la mininistra Falsín, con el nombre de “Los protocolos de los sabios de Sion”.

En su libro, Joly, plantea un encuentro hipotético en el Infierno, (las diferentes épocas lo hacían imposible en el Siglo). La exposición de ambas doctrinas en forma de diálogo lo vuelven instructivo y divertido, aunque con conclusiones pesimistas para el ejercicio de la democracia. Joly concluye que el ideal de Montesquieu expuesto en “El espíritu de las leyes”, del ejercicio del poder dividido en que sus tres ramas: ejecutivo, legislativo y judicial se equilibrarían para evitar su ejercicio despótico, terminaría sucumbiendo ante la presencia de un ejecutivo fuerte que tendría siempre la posibilidad de recurrir a las dos armas que le permiten controlar a las otras dos: a la económica y a la fuerza militar.

Durante una larga y complicada lucha en México comprendimos la insuficiencia de la expresión de los tres poderes para lograr el control del ejecutivo, de cuyos excesos tenemos en nuestra historia un repertorio amplio. A partir de 1968 que, sin duda, fue el parteaguas, paulatinamente se fueron creando formas e instituciones de control destinadas a atemperar el ejercicio arbitrario y aún discrecional del poder público en manos del ejecutivo. Los órganos constitucionales autónomos se han creado como cortafuegos para la autocracia, acotaron las acciones del ejecutivo fraccionando algunas de sus facultades desde el marco constitucional para que funciones claves: la electoral, la emisión de numerario y el control de cambios, el respeto a los derechos fundamentales, la publicidad y transparencia de la administración pública, la atención a víctimas y otras pocas de relevancia similar atemperaran la tentación del uso desmedido del poder, tentación a la que sucumben fácilmente los gobernantes.

López Obrador es un caso límite. Su búsqueda del poder disfrazada de convicciones republicanas y democráticas, en poco tiempo mostró su conformación patológica. Su naturaleza despótica y voluntariosa se manifestó sin cortapisas atemperada un tanto por una apariencia bonachona, por expresiones coloquiales y por una parafernalia demagógica y populista, un reparto de dádivas y limosnas, disfrazadas de justicia social, que le despierta simpatías y las temibles alianzas con los grupos de poder: la milicia y la malicia.

Sistemáticamente ha ido desarticulando y debilitando los mecanismos de control. El pueblo zafio en su mayoría parece haberse seducido por las malas artes del encantador o por la pitanza que reciben. Un grupo significativo, importante, se ha ido gestando como consecuencia del ejercicio despótico. El aspirante a dictador exhibió el cobre y las garras. Los ciudadanos tenemos la palabra y la acción. La lucha por la república apenas empieza.

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