A seguir siendo el basurero industrial de la cuenca del Pacífico

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César Velázquez Robles _________

(Sinaloa). Por allá en los lejanos años 80 del siglo pasado, hizo fortuna una frase relacionada con la pobreza del desarrollo científico y tecnológico en relación con otras regiones del mundo: “México corre el riesgo de convertirse en el basurero industrial de la cuenca del Pacífico”. Se aludía al hecho de que el país era receptor de tecnología de desecho de los países industrializados y de la región asiática, que experimentaban un acelerado proceso de modernización de sus aparatos productivos, gracias a un acelerado proceso de innovación que les permitía mejorar su competitividad y productividad y ganar posiciones de mercado en el marco de un acelerado proceso de globalización.

A ese proceso, como el Búho de Minerva, que llegaba siempre tarde a las grandes realizaciones de la Historia, México asistía como observador y, por supuesto, receptor de chatarra. Aquí, la innovación, la modernización y la adaptación, no eran moneda de uso corriente. Aquí, simplemente, se compraba lo que en otras partes ya no se utilizaba. Se ensanchaba la brecha tecnológica, y por la frontera Norte entraban, como Pedro por su casa, miles y miles de vehículos que no podían ya circular en el espacio estadounidense. En efecto, en los años subsiguientes ese riesgo se había materializado.

Mientras todo esto ocurría en el mundo, el proceso de industrialización en México languidecía. La política que todavía en los años 70 del siglo pasado tenía alguna identidad, desapareció. No hubo política ni hubo estrategias de industrialización. Europa ya se planteaba destinar hasta el tres por ciento de su producto interno bruto (PIB) a ciencia y tecnología, sus inversiones en investigación y desarrollo (I+D) eran cuantiosas y se entendía su papel estratégico en el aseguramiento de su independencia tecnológica frente a la creciente expansión de las naciones del sureste asiático y de la economía estadounidense.

México se movía en un paupérrimo 0.4 por ciento del PIB destinado a ciencia y tecnología, renunciando de hecho a esa independencia y ratificando su condición de satélite y receptor de basura y chatarra. Ciencia y tecnología no es ni ha sido nunca una política de Estado, como se constata al revisar los porcentajes asignados en la época del priismo, en la época del panismo y, ahora, en la época del morenismo, en la que, incluso, es todavía más bajo que en la época precedente, lo cual ya es mucho decir.  Es una enorme tragedia que en esta etapa en que se insiste en hablar de cambio de régimen, sigamos en la misma o en peor tesitura que en las décadas pasadas.

Ahora está peor: se persigue a los científicos para llevarlos a la cárcel

El asunto ahora está mucho peor. No solamente estamos viviendo un estruendoso fracaso en esta materia, sino que ahora se persigue, como si fuesen vulgares delincuentes, a no pocos de nuestros investigadores, científicos y tecnólogos, en un vulgar acto de venganza protagonizado por el fiscal general de la República, Alejandro Gertz Manero, por el rechazo sistemático que en años pasados recibió de parte de científicos evaluadores para ser incorporado en el más alto nivel al Sistema Nacional de Investigadores, “merecimiento” que ahora, justamente en este gobierno, recibió en un evidente, claro y grotesco tráfico de influencias.

Pues nada, resulta que el representante de la Fiscalía General de la República, ese organismo dotado de autonomía constitucional, que se supone tiene un fuerte compromiso ético con la justicia y una autoridad moral a toda prueba para romper con la corrupción que ha caracterizado durante muchos años la procuración de justicia, pidió la aprehensión de 31 científicos y ex funcionarios del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACyT), según esto por diversos delitos patrimoniales en contra del erario, con “argumentos” y “razones” baladíes, que esconden su verdadero propósito: vengarse, cobrar lo que considera una afrenta de hombres que si se han dedicado en serio a ciencia y tecnología, a investigación y desarrollo, a innovación y adaptación, en el propósito de romper ese círculo vicioso en el que el país ha estado moviéndose.

La respuesta del juez de Distrito fue contraria a la absurda demanda de la Fiscalía, pero ésta Fiscalía autónoma rápidamente respondió que insistirá en la aprehensión de quienes considera responsables de supuestos delitos en perjuicio del erario. Está haciendo un verdadero ridículo que ha tenido la virtud de unir, cohesionar y mostrar espíritu de cuerpo, al gremio de científicos mexicanos, y generar una ola de solidaridad de personalidades dedicadas a la gestión del conocimiento, a instituciones de investigación, a universidades públicas y privadas que advierten, en el hecho, una evidente persecución absurda y sin sentido, como lo muestran algunos posicionamientos, como los que a continuación transcribo:

Raúl Trejo Delarbre: “La agresión del gobierno contra la comunidad científica es desmesurada, demencial, injustificada e ilegal”.

Diego Valadés: “Las amenazas en el sentido de privar de su libertad a diversos miembros de la comunidad científica mexicana corresponden a un tipo de gobierno ajeno al constitucionalismo. Espero que solo sea una obnubilación pasajera; pero aun así da mucho qué pensar y qué temer”.

Enrique Graue, rector de la Universidad Nacional Autónoma de México: un despropósito e inconcebible la acusación de delincuencia organizada contra los académicos.

Estas y muchas otras opiniones, deberían ser motivo de reflexión del poder, que ha expresado su respaldo total al fiscal. Las cosas en nuestro país están verdaderamente de cabeza.

A propósito: ¿qué dicen, que piensan, algunos de nuestros científicos en Sinaloa que apoyan con todo entusiasmo a la cuatroté de esta ofensiva, de este despropósito?

Sería bueno conocer su opinión. Que no hagan como que la Virgen les habla. Digo.

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